Leyendas de Zacatlán que hemos extractado directamente de los trabajos llevados a cabo por el esfuerzo del Historiador Zacateco Sergio Ariel Casique Salvatierra, Bibliotecario de la Biblioteca Luis Cabrera de la Hermosa Ciudad de Zacatlán de las Manzanas, Puebla, República Mexicana.

Con el permiso del mencionado Sr. Sergio Ariel, colocaremos en esta página dedicada casi íntegra a Zacatlán de las Manzanas, las Leyendas de las cuales tenemos los relatos originales en la Compilación que poseemos y respetando la grafía las iremos colocando una por una para deleite y conocimiento de los amables visitantes, escolares, estudiosos e interesados en conocer un poco más de nuestra región.

"Pequeña Advertencia"

No habiamos querido integrar estas leyendas a nuestra página, porque veiamos que otra página web las tenía publicadas y no es nuestra idea entrar en polémica con nadie, pero después de solicitar la autorización y obtenerla de parte del Sr. Sergio Ariel, estamos en condición de hacerlo y que nuestro público disfrute estos relatos tan hermosos y llenos de emoción.

Atentamente.
El Webmaster
Los Manzanautas.

"Época Prehispánica"

"MITO DE LA CASCADA DE SAN PEDRO"

Todo empezó un día en que los anales de la historia ya no recuerdan, cuando en cierta ocasión, Ometecuhtli, creador de todas las cosas, se encontraba en su gran trono de los cielos en un lugar llamado Omeyocan. Estábase en aquel sitio contemplando la obra que había salido de sus manos: las extensas llanuras, desiertos y praderas, los grandes tepetls cubiertos de hermoso y frondosos bosques, los caudalosos ríos que cruzaban la tierra, aves de raro plumaje y bellos y armoniosos cantos, los venados, ocelotes y muchos otros animales que vagaban libremente por toda la tierra sin ninguna clase de temores.

Arrobado el dios creador, veía los dilatados horizontes que limitaban con el cielo y los perfiles azules de las montañas con nubes vaporosas que los coronaban y los mantos de nieve eterna que los cubrían. Los ríos someros y rumorosos que se difundían repetidos, grandiosos y prepotentes. Su obra entera era vida exuberante; en la selva, el llano y la pradera, donde Tonatiuh los bañaba con su luz radiante de primavera.

Ometecuhtli podía verlo todo desde los cuatro puntos cardinales, y lo que en ella se encontraba lo había creado para satisfacción de los dioses y regocijo de los mortales a los cuales entregó todo lo hecho por él.

El forjador de todas las cosas no se cansaba de admirar su obra de ilimitada grandiosidad. Podía ver a los hombres que se recreaban en la belleza única de los paisajes, refrescando sus cuerpos jóvenes y vigorosos en las aguas translímpidas y puras de los manantiales. Otros, mientras tanto, comían de la fruta que colgaba de las ramas de los árboles y que entregaban con gran prodigalidad a sus moradores. Más allá, el campo era fértil y lozano; con camelias, margaritas, madreselvas, rosas blancas, rojas y cremas, amapolas teñidas de carmesí, azahares de nieve, azucenas y hortensias, cuyo aroma suave y leve, invadía aquel inmenso jardín, y a través de toda ésta maravilla: los claveles rojos como un beso.

Todo en el paisaje era lleno de luz, de flores y armonía, en aquel mundo natural y salvaje se explicaba con rumores la poesía creadora de Ometecuhtli.

Ometecuhtli paseó por última vez su mirada ante la belleza incomparable de su obra, cuando notó que una región de la tierra por él creada, que estaba rodeada de altos tepetls y de accidentado suelo, donde se podía divisar una profunda depresión de encanto maravilloso, de perspectiva preciosa, de donde el paisaje le ofrecía una vista deliciosa que a su contemplación merecía. Detúvose un momento en aquel lugar de frondas, donde el céfiro cimbreaba, donde los riachuelos serpenteaban jugueteando, haciendo pozas muy hondas. Cautivóle la lozanía de las amorosas flores con sus preciosos colores. Admiró con deleite una barranca de prismas de roca blanca, salpicada de espesa vegetación. Un río cruzaba sus dominios en el que se podían ver a través de él; la fina arena asentada en su lecho. A Ometecuhti le pareció que aquel hermoso lugar era de una belleza inigualable, lo mejor que haya tenido su inspiración creadora, pero ante paraíso semejante, notó con profunda tristeza que ahí no había nadie aún que la habitara, para que gozase de los dones que el sitio prodigaba.

Y decidió que en aquel lugar deberían vivir los hombres, que fuera una raza fuerte y altiva, de arrojo inusitado y que vibraran en sus corazones los deberes sagrados, donde vivieran con dignidad, equidad y justicia. Donde cantaran la hermosura de su cielo, que alabaran con el trabajo, la belleza de sus campos prodigiosos, y cruzaran sus bosques de balsámico aliento, donde tenían sus nidos la paloma y el viento. Que convirtieran en tierra de esperanza y promisión la frescura de sus huertas, donde hallaran cabida los que llegaban en busca de paz y tranquilidad, y encontraran también los corazones jóvenes, el amor con la contemplación de sus mujeres vírgenes morenas, de adormecido mirar, que hicieran pensar en el Omeyocan. Que fuera nido de hombres de férreas voluntades, que plasmaran con fuerza, el curso de su propia historia.

Entonces Ometecuhtli, haciendo eco de su propia voz, llamó a Tláloc; dios de la lluvia y la tormenta, también llamó a Tonatiuh; el dios sol, y por último, requirió la presencia de Xiuhtecutlitletl, que era desde lo más antiguo, el dios del fuego. Y así, estando preparado su séquito que lo acompañaría en la realización de su obra, bajó a la tierra desde su gran trono de los cielos en un rayo de luz delgadísimo que Tonatiuh le proporcionó de su fulgurante cuerpo solar, y descendió a las orillas de una meseta que conocemos ahora como "San Pedro", y allí, con su vista que todo lo abarcaba, divisó a una tribu que venía penosamente tras larguísimo viaje y que había escogido a exprofeso para que habitara estos lugares, y que ordenó en voz de sus sacerdotes que se avinieran a estos lugares o parajes.

Aquella tribu se encontraba ya cerca del último camino de su meta y donde los dioses le estaban esperando para hacerlos dueños de ésta tierra prodigiosa.

Cuando llegó el Nepantlatonatiuh, o medio día, aquel pueblo llegó hasta el lugar de su estancia finalmente señalada por sus dioses desde tiempo inmemorial, del cual pocos aún guardaban memoria, y ahí se encontraron por primera vez, cara a cara, los dioses y aquellos hombres que habían confiado en ellos durante largas y cansadas jornadas que durara su peregrinaje.

Ometecuhtli se integró en ese momento ante la expectación del pueblo, en toda su magnificencia, envuelto en centelleantes y multicolores luces. Recorrió con la vista a aquellos hombres reunidos después de muchos años de vagar por la tierra, pero que para el gran dios, sólo significaron; breves momentos de su inmortal existencia.

A continuación, llamó por su nombre al guía de aquel pueblo, y concertó con él una alianza de su gente con los dioses, levantando para tal fin, una cascada que les recordaría para siempre, el pacto que estos tendrían con el cielo y que sería también, un símbolo que los dioses habían estado en presencia de los hombres.

Ordenó a Tláloc; dios de la lluvia y la tormenta, que diera forma a lo que él deseaba, éste de inmediato puso manos a la obra. Se elevó por los cielos acompañado de sus sirvientes, los fieles tlaloques o nubes. estos tomaron el agua de unos barrenos, con unos cántaros y empuñaron unos grandes palos. Cuando Tláloc les mandó llover, vaciaron el agua de los cántaros, pegando a estos con los palos, los cuales se rompían y los trozos de los cántaros rotos caían transformados en rayos que dirigían a un determinado lugar por donde pasaba un río (hoy conocido como río San Pedro), donde estaba una gran peña y que Ometecuhtli les señalara para que dejaran caer sus terroríficos rayos.

Fue así como se formó la cascada de un gran peñascal, donde el río que atraviesa la región, dejó caer sus aguas cargadas de gloria y de siglos. Es de belleza ponderada lo que es ahora la imponente cascada, donde el líquido se desliza con salvaje armonía, en un cauce edificado de basáltica escafondría. Como velo cristalino sobre gigantesca frente; unas veces opalino, pero siempre transparente.

El dios creador de todas las cosas, llamó a aquel pueblo "zacatecas", o sea, "gente de donde abunda el zacate", porque habían llegado de tierras muy lejanas de abundantes pastos, llamado por los aztecas "Zacatlán".

Les consagró como deidad a Xiuhtecutlitletl; dios del fuego, que desde entonces se convirtió en Xiuhtec; deidad del hogar y el padre de la familia.

Ometecuhtli, hizo dueños de estas tierras al pueblo por él escogido ha muchos años, que para aquellos significaron generaciones enteras, pero que para el gran dios, el haberlos elegido, sólo le bastó bajar un momento de su gran trono de los cielos; un día de su inmortal existencia.

Profra. Dolores Barrios Pérez


MITO DE LA PEREGRINACION DE LOS ZACATECAS

Cuenta la leyenda, que ha muchos años, que se pierden en la profundidad del silencio de los siglos, los dioses le hablaron en cierta ocasión en sueños a Zihuatlpopoca (que quiere decir mujer humo); la adivina y le dijeron entonces sus viejos dioses:

"Haz de marcharte chichimeca, apaga tu hoguera del lugar de tu estancia, toma tus pertenencias, tus hijos y mujeres, quema tu choza y prepara las reservas de tu viaje, porque habrás de caminar para ir en busca de las llanuras y los desiertos, de donde se levantará tu pueblo, date prisa, porque largo y lejano es el tiempo donde la peña herida por la furia de los dioses regara con sus aguas la tierra fecunda donde surja el río donde se ve la arena, y es allí, tras el tiempo que se encuentra, más allá del horizonte, donde veré a éste mi pueblo, surgir de sus fatigas. 'Márchate pues, chichimeca! y sigue el murmullo de mi voz.

Este mensaje lo transmitió de inmediato a Olintetl, jefe de aquella tribu que se encontraba desparramada por aquellos sitios de lo que es ahora el Estado de Zacatecas.

Así lo hizo Olintetl, reunió a las gentes que habitaban aquellas tierras y lanzando grandes voces, contóles el mensaje de sus dioses, y fue entonces que se separaron de los demás pueblos de la comarca, y se hicieron llamar "zacatecos" que quiere decir "gentes de Zacatlán", y tomando todas sus pertenencias, apagaron la hoguera de sus hogares, alejándose para siempre de aquellas tierras. Y fue muy largo su camino, el tiempo siguió su curso, los que ayer partieron siendo aún niños, hoy estaban probando la fuerza y poder de sus músculos como guerreros indómitos.

Olintetl sintió la hora de reunirse con sus dioses en el Tlalócan, mandó llamar Quauhtequihua; altivo guerrero, respetado por todos, ancho de espaldas, de brazos poderosos, de costumbres puras y de clara y sagas inteligencia. Se presentó en al tienda de Olintetl, acercándose hasta donde estaba el moribundo y arrodillándose, aquel le dijo en tono que apenas si se escuchaba:

"Quauhtequihua, hijo mío, hace mucho tiempo que salimos del lugar de la estancia de nuestros padres por mandato de los dioses para ir en busca del lugar donde la gente habrá de levantarse y surgir fuertes de las penas que ahora soportamos. Mi tiempo se termina, la hora de acercarme a los dioses está pronta, y tú eres el más indicado para conducir a toda ésta gente, pero habrá otros que seguirán tus pasos cuando tus días sigan el curso que mi espíritu ahora llevará, guía l pueblo y que cumplan y respeten los mandatos de los dioses, que no olviden los sacrificios, confió en que marques el camino justo y limpio para todos -mientras la voz de Olintetl se iba convirtiendo en apenas un murmullo, cerraba los ojos apaciblemente-Quauhtequihua sólo tuvo que cerrarlos por completo, tan suavemente como pudo, mientras que el espíritu de aquel esforzado hombre volaba ya al encuentro de sus viejos dioses.

Quauhtequihua salió de la tienda y levantando la vista se encontró con un cielo profundo y tachonado de estrellas y tratando de ver entre ellas una señal que le dijera que el antiguo caudillo se encontraba ya en el Tlalocan. Y al efecto, una estrella blanquísima brilló al filo del horizonte por un brevísimo momento, pero que a Cuauhtequihua le pareció una eternidad. Su alma se llenó de gozo y alegría, y pensando en el pueblo que guiaría hasta el término de sus fuerzas, irguió su cuerpo y con paso breve y decidido penetró en su choza, esperando el amanecer de un nuevo día.

Por mucho tiempo condujo a su pueblo por tortuosos caminos, sólo deteniéndose para cazar, buscar raíces y frutos para alimentarse en la larga jornada que les esperaba cada día.

Los años tiñeron de blanco las sienes de Olintetl, cuando murió su cuerpo enjuto y marchito se había colocado sobre una pila de leña y a la que prendieron fuego para que su espíritu se purificara en el camino a la morada de sus viejos dioses. Un nuevo guía conducía ahora el pueblo zacateca.

Un día que no se sabe cuando, llegaron a tierras de lo que es ahora el Estado de Jalisco y ahí se dividieron por primera vez. Un grupo se dirigió con camino a las costas del Pacífico, llegando a un sitio del Estado de Guerrero y fundaron Zacatollán; hoy Zacatula. Mientras que el guía Xihuitlpopoca, llevó al grupo que comandaba con rumbo a la gran Teotihuacán. Al llegar a estos lugares pidieron permiso para establecerse, allí vivieron por mucho tiempo, y se cuenta en los libros antiguos, que éste grupo de zacatecas ayudaron a levantar los templos del sol y de la luna y otros edificios. A la muerte de Xihuitlpopoca, toma el mando Xopanatecutli, éste quiere cumplir con el mandato de los dioses, algunos descontentos se separaron y forman otra tribu que se dirige a Cuauhchinanco y se establecen definitivamente allí y sus contornos.

Xopanatecutli se reúne con los pocos que han sido fieles y leales a los dioses y les cuenta que estos le han hablado en sueños. El será el que lleve al pueblo desmembrado hasta el lugar definitivo donde habrán de establecerse.

Así, con todo lo que les es posible albergar en su corazón fuerte y sencillo, se dirige con su gente a tierras de la República de Tlaxcallán y se establecen en Cacaxtla, junto con los olmecas y xicalanacas que se encontraban entonces allí. Posteriormente llegaron los tlaxcaltecas procedentes del pueblo de Texcoco y ocupan varios lugares como Texoloc, Mixco, Xiloxochitlán y Xocoyucan, de donde desalojaron a los olmecas-xicalancas. En Xocoyucan murió peleando Colopechtli, el jefe principal de los xicalancas que capitularon, dejando dueños de todo el territorio a los belicosos tlaxcaltecas. Los olmecas xicalancas, al frente de Ixcoatl y Xopantecutli, se dirigieron por los llanos de Apam, llegando a Huehuechocayan (que quiere decir: lugar donde lloraron los viejos). Aquí se quedó Xconac con algunas familias y los demás pasaron, es decir, los zacatecas se dirigieron a poblar lo que es ahora Otlatlán y Zacatlán, pero antes. Pero antes llegaron a Ixtacamaxtitlán, al que al parecer fundaron y se establecen allí, al cabo de algún tiempo, por motivos religiosos siguieron su peregrinación hasta Otlatlán.

En aquel lugar, el caudillo de los zacatecas tuvo una revelación en sueños, donde vio que el dios de su pueblo le hablaba y le decía de ésta manera:

"Xopantecutli, deberás apagar tu hoguera y levantar tus pertenencias, porque toda tu gente y tú deberán andar un trecho del camino más, para llegar al lugar que les he señalado, de donde se levantará este pueblo, donde se lavará la frente y descansará sus sienes, ahora bien, viejo jefe chichimeca, deberás conducirlos hasta el lugar que ya he señalado, falta poco, el camino es corto y el horizonte es tan claro ¡levántate! y sigue la ruta que se ha marcado.

Xopantecutli habló así: "¡Oh dioses, mi pueblo ha andado por caminos tortuosos, sorteando valles y selvas, desiertos y llanuras, ya son muchos los años que han transcurrido desde que nuestros antepasados salieron de su estancia por órdenes que ustedes dieron para que fundáramos un pueblo nuevo y fuerte, la gente está cansada y nos hemos dividido muchas veces, pero los más fieles y leales están aquí, ellos siguen creyendo en los viejos dioses, a pesar de todo, a pesar de la ventisca levantada, a pesar del hambre, del frío, de las luchas con otra tribus, a pesar de tantas cosas, seguiremos aquí, aún en pie de lucha, agradecidos por las duras pruebas a00 que nos han sometido. Me levantaré y diré a mi pueblo que los dioses han hablado conmigo, que el lugar definitivo está cercano, que debemos seguir el camino y llegar hasta el final que nos han marcado los dioses en las estrellas".

De ésta manera, habló el anciano jefe de los aguerridos y valientes zacatecas, al dios de sus antepasados. Este con voz dulce y paternal le dijo "no has de morir aún, porque sé que piensas que estás seco y cansado por los largos caminos, deja por un momento a tu espíritu esperar, para que cuando llegado el tiempo, entres conmigo al Tlalócan, jefe Xopantecutli, y se cumpla el sueño ansiado de tus antepasados, es tan breve ya la espera y tan claro el anhelo de los dioses".

"¿Como sabremos nosotros lo que los dioses no están diciendo cuando hayamos llegado al lugar indicado?

"Xopantecutli, el lugar del que tú hablas se puede ver ya desde aquí, es una hilera de montes que bordean una hermosa barranca a la que llamarás Axaxalpan, que quiere decir (en el fondo del río de arena), en este lugar se encuentra una cascada de formidable belleza, sobre este sitio hay una meseta, que tiene como fuertes aquellos montes, siempre coronados por el velo blanco de los dioses que se mecen en una inmensidad y que dejan caer de sus bienhechoras manos grandes dones que fructifican la tierra y que tendrá que trabajar tu pueblo para recibir sus favores, es ahí donde tu gente habrá de llegar, desde ahí vendrás conmigo al Tlalocan, para que contemplasen la gloria de los siglos, el nacimiento de los zacatecas ¡levántate!, apaga tu hoguera, envuelve tus pertenencias, despierta a las mujeres, a los niños y a los hombres, y que te sigan por última ocasión, hasta el lugar definitivo de su estancia".

Xopantecutli, despertó sobresaltado, ordenó sus ideas, calmó sus temores y regocijado por las revelaciones de su sueño, se levantó presuroso y dando grandes voces, comunicó a su pueblo las buenas nuevas y los gritos de júbilo llenaron el espacio y los espíritus de aquellos hombres se hincharon con la esperanza de un mañana prometedor.

Durante una jornada caminaron bajo la inclemencia del tiempo, el viejo Xopantecutli se animaba diciendo "anda viejo zacateca, que tras aquel horizonte está el lugar definitivo de tu pueblo, no descanses, sigue el ritmo de tus pasos, porque lo que has de andar es poco, y recuerda que los dioses te esperan en el Tlalocan, sigue entonces firme y seguro, altivo y orgulloso, como lo que es tu gran raza!

Al pensar en esto, Xopantecutli, levantó su cuerpo enjuto cansado ya por el peso de los años y las largas caminatas, pero con una gran energía y decisión inquebrantable.

Se puso al frente de su tribu y caminaron durante días hacia el norte, hasta que al fin llegaron a una meseta pequeña rodeada por una hilera de verdes montes con una profunda y bellísima barranca surcada por un río al que llamaron Axaxal, que quiere decir "en el fondo del río de arena", caminando un poco más, encontraron la señal esperada. Jubilosa la tribu levantó un altar para honrar a sus dioses, entre ellos a Huehueteotl; su dios viejo.

Aquel día, un mundo nuevo y grande se abrió a los ojos de los fatigados zacatecas. Una sonrisa de eterno agradecimiento se dibujo en el rostro de Xopantecutli, mientras su espíritu se elevaba por el ancho cielo azul y profundo de la tarde para ir a reunirse con sus antepasados en el maravilloso Tlalocan, donde no faltaba el maíz, ni el agua, el venado o el águila triunfal.

Profra. Eva Valenzuela Bermúdez


PASAJE DE LAS FIESTAS A XIUHTEC

Xiuhtecutlitlel; el dios del fuego, era uno de los dioses primitivos de la religión náhoa y antes de que fueran creados los cielos, lo que fue el fuego. Con lo que se llamaba también Huehutéotl, que literalmente significa; el dios viejo o antiguo.

Xiuhtletl o Xiuhtec, dominaba la primera hora del día, en que se sacrificaban codornices y se incensaba al sol, pues ese dios, que era el dios del fuego, venía a ser una de las manifestaciones del dios sol.

Xiuhtecutlitletl, Xiuhtecutli o Xiuhtec, era dios del fuego, del año y señor del tiempo. Su cuerpo es negro y sus rostro amarillo, tiene las líneas de la máscara sagrada; su traje riquísimo de plumas y mantas preciosas labores, es de guerrero, empuña arma poderosa y reluciente escudo; adorna su cuello y pecho con ricas joyas, y tiene en la cabeza y la espalda, penachos bellísimos.

Hemos visto como el sol se confunde con este dios y ambos se llaman Ixcozahqui y por ser anterior a las creaciones se confunde también con el de Ometecutli o creador. Por lo mismo, lo sentaban con coronas de labores diversos y vistosos colores, ornada de penachos de plumas a manera de llamas de fuego, borlas de fuego, plumas, orejeras de turquesa. A la espalda un dragón de plumas amarillas con caracoles de mar, por rodela un gran disco de oro de cinco piedras clachihuitl puestas a maneras de cruz, y en la diestra un cetro formado de otro disco de oro con dos globos encima, estando el disco agujereado en el centro para que con el viese el dios.

Esta es la manera expresiva de significar que por el sol reparte el dios su fuego al Universo.

Xiuhtletl o Xiuhtec, además el señor del fuego, era la deidad del hogar, el padre de la familia, el ser supremo que daba la vida al sol para que la diese a la tierra. Como señor del hogar, en cada casa, a la hora de comer, que sentaban siempre a la lumbre, echaban en ella lo primero de los alimentos y lo mismo hacían con la bebida. También ponían flores junto al hogar (bracero u horno) y echaban copal en las brazas a ciertas horas del día y de la noche. Como a dios de la familia en la GRAN FIESTA que le hacían cada cuatro años, al amanecer comenzaban a agujerear las orejas a los niños y los bezos de las bocas y les echaban en la cabeza un casco de plumas de papagayo pegado con resina de ocote y entonces se le daba una especie de padrinos para que los instruyeran en las ceremonias y servicio de éste y de todos los dioses. Por ser quien daba la vida al sol, al año, ala tiempo, se le hacía una solemnidad anual y mayor cada cuatro años. Celebrábase una en el mes de Hueymicaihuitl o Xocotlhuetzi, del 27 de agosto al 5 de septiembre.

Comenzaba por un areito en que cada señor iba danzando con el cautivo que traía destinado a la muerte. Llevaban los señores amarillo el cuerpo, colorado el rostro, ceñida la cabeza de un plumaje a modo de mariposa. En la mano izquierda un escudo de plumas blancas con garra de tigre o de águila en la mitad del campo. Los cautivos, blanco el cuerpo, roja la cara, negras las mejillas, de papel el maxtle, empenechada la cabeza, adornado el labio inferior de un bezote de pluma, tiras de papel del hombro al sobaco.

Concluido el areito, al que sólo ponía fin la noche en presencia y en honra del fuego, cortaban al rape los señores a los cautivos el pelo de la coronilla y lo guardaban como sagrada memoria. Lo velaban después, y al romper el día los ordenaban para que un sacerdote los fuera desnudando y arrojara al fuego traje y preseas ya desnudos, tomaba cada señor su prisionero y lo conducía por los cabellos a un sitio llamado Apetlac, donde lo abandonaba. Descendían entonces otros sacerdotes, echaban incienso en polvo a la cara de los cautivos, los ataban de pies y manos, se los cargaban en los hombros y los subían a lo alto del templo donde ardía un bracero las ascuas bajo las cenizas. Los lanzaban inhumanamente al fuego en la que no se revolvía a la víctima sino para agravar sus tormentos. No los dejaban con todo expirar en el bracero, al verlos ya en las puertas de la muerte, los sacaban y lo extendían sobre una piedra techcatl, donde les arrancaban el corazón para arrojarlo a los pies de Xiuhtecutli.

Se sacrificaba no sólo a los cautivos sino también esclavos, no sólo varones, sino también mujeres.

Al terminar la hecatombe, comenzaba un pomposo areito en que tomaba parte sólo los principales señores.

Fiestas sin sangre, no las había para el señor del fuego sino hasta el mes de Itzcalli o tititl del 9 al 28 de enero. Le ofrecían en aquel mes las mujeres; tamales, los mancebos; caza y pesca, en una vasta hoguera que ardía delante de la estatua del dios Xiuhtetl, se distinguía por la fastuosidad con que se adornaba.

Las fiestas del mes de Izcalli, se componía dos veces la estatua. La primera vez se le ponía una carátula muy brillante de mosaico, de cuyos lados partían otros dos plumajes que les caía sobre el rostro, unos cabellos rubios que le caían sobre la espalda y el cuello. Otro ancho ornamento de plumas de diversos colores que le bajaban hasta los pies o aún se extendía por el suelo moviéndose y reluciéndose al más dulce soplo de la brisa. Se le ponía también la segunda vez una carátula y una corona; pero muy diversas, la carátula era de la nariz para arriba, de mosaico de concha; de la boca hacia abajo, de piedras de azabache, la corona también de plumas, las tenía de quetzalli en los centros y en los bordes, allá altas y airosas, aquí dobladas sobre los hombros, de plumas de papagayo, era además la especie de manta que el dios llevaba prendida al cuello.

Se amontonaban en una imagen, las plumas, en otras, el oro y la pedrería, y casi todo se perdían bajo una ,multitud de galas y adornos del ídolo.

Pues bien, toda ésta ceremonia se llevaba en Tenochtitlán y solamente en las provincias en menor cuentía, por la influencia que los aztecas ejercían en los territorios por ellos conquistados.


PASAJE DE LA LEYENDA DE LA FIESTA DE LA MANZANA

¡Oh tierra fértil que has bebido el agua enviada por nuestra diosa Chalchitlicue!, y has convertido en fruto maravilloso y exquisito lo que Ometecuhtli desde el principio de los tiempos señalaron como aliento para nosotros; con agradecimiento, alegría y gozo inmensos lo presentamos a Tonatiuh como reconocimiento a su propia potestad, y desde el Oriente al Occidente, y desde el Norte al Sur, cantamos sus excelencias para mover su voluntad y siga siendo el protector de este pueblo.

Cantemos, bailemos y que el teponaxtle y el huehuetl, el tepetzalli y las ayacachtle, lleven a nuestros montes, barrancas, abismos y corrientes de agua la fuerza de nuestra alegría y el eco maravilloso transmita a nuestros hermanos la pujanza de ésta raza que goza de la protección de los dioses.

¡Oh guerrero inmortal que desde las colinas vigilas nuestros santuarios! ¡Oh mujeres que lleváis el germen maravilloso de nuestro poder!... ¡Oh niños que con alegría entonáis el himno a Chalchitlicue, y desde la cuna reconocéis a Ometecuhtli y a Omecihuatl!. . . ¡Oh juventud, esperanza y vigor nuestro, fórmate en la enseñanza de nuestros antepasados y conviértete en el sostén de los dioses!... ¡Ancianos que gobernáis, inclináos respetuosos ante Tonatiuh, y que sus rayos luminosos penetren más y más en vuestro ser para convertiros en fieles guías de éste pueblo.

Nosotros los sacerdotes, al presentar la ofrenda del pueblo, vigilaremos porque nuestros dioses sean honrados y respetados.

Anónimo 1952