Memorias del hombre que creó en Zacatlán
la primera fábrica de relojes monumentales en América Latina

Alberto Olvera Hernández

Autobiografia

Don Alberto Olvera Hernández

Nací el 2 de marzo de 1892 a las nueve de la mañana en un hermoso día de ese mes en que termina el invierno y entra la primavera. Mi mamá me llegó a platicar que el día en que nací, le comunicó muy contento mi papá: este hijo si que va a ser rico; anoche tuvieron cría dos puercas y llegaron de Apam, de la casa de mi hermano Miguel, dos mulas para el apero y tres vacas que me manda; una de ellas con cría.

Según me contaba mi mamá, fui sano y crecí normalmente, conservando dentro de mis primeros recuerdos, todo lo que iba aconteciendo de los cuatro años en adelante, teniendo la seguridad de ello, porque en el año de 1896, hubo en Zacatlán, la primera Exposición Regional y dentro de lo que hubo en exhibición, figuraba una gran caja larga, con un costado de tela de alambre para poderse ver, dos víboras venenosas que trajeron de la Sierra del Distrito, de las llamadas nauyaques y estas víboras, terminada la Exposición, se las regalaron a mi papá. Mandó traer la gran caja con estos reptiles y las pusieron en un corral donde tenla muchos conejos y colocaron la caja sobre una pared muy baja que habla donde estaban los conejos. Trataron de que las víboras se alimentaran y al efecto les ponían carne y ratones, pero se negaron a comer y al fin murieron. Recuerdo perfectamente cuando las sacaron ya muertas y hasta el lugar donde las enterraron. También recuerdo muy bien que uno de mis hermanos mayores de nombre Arturo, me llevó a Zacatlán a ver la Exposición. Claro está que de ahí en adelante, se me iba grabando cada vez más todo cuanto veía y acontecía y allí pasé mis primeros años, enmedio del vergel hermoso que era la finca de Coyotepec a poco más de dos kilómetros de la ciudad de Zacatlán. La finca mencionada, era propiedad de mi papá y en ella él, que era un consumado agricultor, además de toda clase de cultivos agrícolas, como frijol, maíz, haba, trigo, cebada, papa, etc., cultivaba grandes rosaledas que era la admiración de cuantos visitaban a mis queridos padres y además de las rosaledas, tenia hermosos jardines, esmeradamente cuidados con diversidad de flores a la cual mas bellas y setos vivos bien cuidados y podados esmeradamente. Había además bien cuidadas hortalizas para el consumo de la cocina de la finca, donde siempre había criadas y criados y como además de esto, había toros para el trabajo del campo y vacas de ordeña era de verse por las noches, el amor de la lumbre y en derredor de una gran chimenea que había en otra cocina adjunta a la grande ver a los pastores ya ancianos y a los mozos jóvenes, departiendo amigablemente, fumando sus cigarros los mas grandes y charlando hasta la hora en que de la cocina les llamaban para cenar, donde permanecían platicando un rato más para después ir a acostarse. Aparte de todo esto, había en la parte orienta( de las casas del rancho, una extensa huerta donde se lograban exquisitas peras de distintas variedades, manzanas también de muchas variedades, duraznos y exquisitas ciruelas, damascos y otras muchas frutas a cual más de mejores. A mí mamá, nunca le faltaban gallinas, pollos, guajolotes, patos y gansos, así como puercos de engorda, por lo que en la mencionada finca de mis buenos padres, nunca faltaba nada, y en este hermoso paraíso se deslizó mi niñez hasta que terminó el año de 1898, pues a principios del siguiente me llevó mi papá a la Escuela Central de Niños de Zacatlán, donde fui matriculado y ocupé mi lugar con otros muchos niños de primer año.

Ese año que fue el de 1899, terminó en medio de entusiasmo general pues con él terminaba el siglo XIX, y se recibía con gran regocijo, el siglo XX. Hubo grandes festividades y se inauguró, frente al Palacio Municipal, al costado del jardín del Zócalo, el primer tendido de cemento que hubo, como de ocho o diez metros de ancho y por toda la longitud del frente del palacio y frente al arco central, a medio encementado, fueron colocados cuatro grandes números de latón pulidos que formaron la cifra 1900 y permaneció ahí donde lo colocaron durante muchos años, en recuerdo de la terminación del siglo anterior el principio del siglo XX.

Por la mañana de ese primero de enero, hizo ahí ejercicios militares el primer batallón infantil que denominaron "Morelos", formado por la mayoría de los niños mas grandes de nuestra Escuela. A este batallón que se estuvo entrenando desde mediados de 1899, el Gobierno le proporcionó los uniformes azules y armas de madera bien imitadas que se necesitaron para todos los soldados, inclusive también los uniformes de los jefes y el del General con sus vistosas charreteras y que supo lucir con arrogancia, el escogido condiscípulo Ubaldo Pérez del 6o. año por su buena disposición y bien timbrada voz de mando.

Durante el resto de ese día, hubo sobre el encementado, que todos decían "la cinta" afluencia de personas de todas las clases sociales y por la noche no cabía la gente, recordando la anterior en que al mediar la noche del 31 de diciembre al lº. de enero, se recibió al nuevo siglo, enmedio de aclamaciones populares y honores que hizo el Batallón "Morelos".

Ese año de 1900, pasé a 2o. de primaria," al siguiente a 3o., y en 1902 al, 4o. año. Los dos años siguientes los pasé en cuarto, debido a no haber podido presentar exámenes dos años consecutivos por enfermedad, por lo que hasta 1905 cursé el 5o. año y en 1906 el 6o. año, con lo cual terminó mi instrucción primaria, con muy buenas calificaciones y magnífico aprovechamiento, pues en esa época, se concurría diariamente a la Escuela de 8 de la mañana a medio día y por la tarde de 2 a 5 de la tarde y no se celebraba ningún acontecimiento extraordinario, mas que las festividades nacionales; no habla juegos deportivos y solamente se empleaba por la mañana 15 minutos de recreo y otros quince para gimnasia y en misma forma por la tarde, por lo que no habla motivo alguno que impidiera asistir a clases y solamente teníamos vacaciones, 15 días en junio y 15 en diciembre; en junio, después de terminar los exámenes, por lo que prácticamente, asistíamos a clases todo el año y al terminar nuestra instrucción primaria sabíamos más que los de 3o. de secundaria actualmente, pues en esa época la enseñanza era efectiva y exigente. Era excepcional el que cometía una falta de ortografía y por el estilo en todas las materias que nos enseñaron.

En 1907, a principios de año, me dijo mi papá: puesto que ya no vas a ir a la escuela, ahora tienes que dedicarte a cuanto sea necesario ver y atender; ver la entrada puntual de los peones que eran de 8 a 10 diariamente y eventualmente hasta 30 ó mas en épocas de siembra, labores y recolección; vigilar que cumplan con su trabajo y ocuparse siempre en algo útil. Había además una Pastoria, como a 800 metros al oriente, que estaba a cargo de un viejo pastor que vivía ahí mismo en la pastoría con su familia y tenia a su cuidado unas 300 cabezas entre hembras y machos, que dejaban gran cantidad de lana cada año y siempre habla carne de los borregos capones en la cocina del rancho. Las vacas daban bastante leche que se mandaba al mercado, dejando en la casa la del gasto diario, de la que mi mamá extraía diariamente la crema que cada 10 ó 15 días batía obteniéndose buenas marquetas de mantequilla que yo y uno de mis hermanos preparábamos. No obstante el constante trabajo que había que hacer fue esa época, bastante larga, la más feliz de mi vida, hasta que en 1912, cuando tenia 20 años de edad cumplidos, falleció mi anciano padre el día 24 de abril a la edad de 80 años y 24 días, dejándonos a mi querida madre, a mis hermanos y hermanas, poseídos del más profundo dolor.

Después del entierro de mi inolvidable papá, aumentó mi responsabilidad en todo lo concerniente a la atención del campo y cuanto tenia a mi cargo, pues mis cuatro hermanos mayores, estaban todos ausentes y no era posible que viniesen en mi ayuda, no obstante lo cual, con la experiencia que habla adquirido, mientras mi finado papá vivió y con las sabias enseñanzas que me daba continuamente, pude desempeñar durante muchos años más, todo lo relativo a administración de la finca.

Debo retroceder hacia el año de 1909 en que me vino la idea de construir un reloj que ostentara una gran carátula y diera las horas en una campana, para regir las actividades de los trabajadores, faenas en general del campo y utilidad para nuestra casa y vecinos. Con tal idea, imaginé construir un torreón, donde pondría la maquinaria del reloj que deseaba poder construir y que accionaría una carátula grande, diera las horas y sí podía que sonara hasta los cuartos y esta idea, la tenia fija en mi mente.

Como dato curioso, debo decir que en año de 1902, nació el último de mis hermanos, que se llamaba Juan, que aún vive y unos dos o 3 días después de nacido, yo y mi hermano Federico, mayor que yo 7 años, acompañábamos a mi mamá en su recámara, y para distraerme me puse a dibujar y hacer algunos trabajos manuales en cartoncillo que recuerdo muy bien que era de color de rosa y como idear una cosa, recordando el reloj de la escuela, me puse a tratar de imitarlo y me puse a trazar la caja del reloj y su carátula.

Estaba trazando los números romanos, cuando entró mí papá que vió lo que estaba haciendo y viendo a mi hermano que me estaba observando, le dijo un poco enojado por una desobediencia suya de esa mañana: mira, tu hermano tal vez llegará a hacer relojes, pero tu que nada quieres hacer, no sé a lo que llegarás. Esa expresión de mi papá de que tal vez llegaría yo a hacer relojes, quedó grabada para siempre en mi memoria y no sé si mi papá tendría la visión de lo que he llegado a ser, por circunstancias de tener hoy la primera fábrica de relojes monumentales en América Latina, debidamente organizada y en que trabajan mas de veinte obreros, surtiendo de relojes a toda la República y al extranjero y reparando también en nuestros talleres, toda clase de relojes de procedencia extranjera e inutilizados por muy largo tiempo de servicio, y más que nada por incuria y abandono. Aquí dejamos cada reloj que llega a reparación, con el aspecto y la calidad de uno nuevo, pues se reajustan con el mayor escrúpulo y se les hace nueva cuanta pieza lo requiere, garantizando así la eficiencia de nuestros expertos obreros, sujetos siempre a la supervisión mía o de mis hijos.


Reanudando mi relato de cuando tuve la idea de construir un reloj para el rancho de mi papá y pensando cómo hacerlo, recurrí a inspeccionar un reloj de pared que estaba en la casa parado por tener reventada la cuerda que accionaba el péndulo, por lo que pedí permiso a mi mamá para ver su maquinaria y tratar de arreglarlo, a lo que se opuso diciéndome que yo qué sabía de relojes, pero a tanta súplica, mi buena madre accedió a que sacara la maquinaria del reloj, recomendándome el mayor cuidado y que no lo supiera mi papá. Así lo hice y como pude darme cuenta de que la cuerda se reventó, casi en el extremo del eje para la llave de dar cuerda, con muchísimo trabajo logré sacar la cuerda y como yo no sabía cómo dejarla nuevamente útil, la llevé con un señor que tenía un taller pequeño en Zacatlán y en él, después de proceder como era conveniente delante de mi, la dejó en estado de poder volver a servir. Le pagué lo que me pidio con dinero que me dio mi mamá y muy contento y con bastante cuidado y no poco trabajo, la volví a poner en su lugar y volví a hacer funcionar el reloj, lo que me entusiasmó mucho y esto me sirvió de base para observar a mi gusto el conjunto de engranes de la pequeña maquinita y calculé que en proporciones mayores y con mi sobra de buena voluntad, yo podría llegar a construir un reloj grande que soñaba y sin mas ni mas que armado de optimismo y seguridad en que lo lograría, me puse a trazar lo que seria la maquinaria del primer reloj que estaba pensando construir. Como al cursar el quinto y sexto año de primaria, recibimos hasta muy avanzadas lecciones de geometría y álgebra, no tuve mayores dificultades para hacer los cálculos necesarios para poder precisar los diámetros de todas y cada una de las ruedas que requería el reloj, su número de dientes y forma de las platinas y piezas para la sonería y cuanta pieza se hace necesaria en un reloj, y así trabajé durante muchos días, hasta quedé satisfecho con mis trazos, planos y cálculos en general que me permitirían ya poder principiar el soñado reloj.

Debo decir que mi papá tenía un grande y completísimo taller de carpintería en la finca, incluso un torno para tornear madera, que él sabía a la perfección y me enseñó, accionado por un gran volante y una manivela que movía un ayudante. También había una pieza donde tenía instalada mi papá una bien montada fragua, con un buen fuelle, un yunque, un taladro para perforar el hierro, martillos, tenazas y todo lo relativo, así como buena cantidad de combustible, fierro de muchas medidas, bronce y cuanto es necesario en un taller de rancho para poder reparar la maquinaria del campo, arados, carros, etc. y cuanto se puede ofrecer, todo lo cual me fue de suma utilidad para llevar a cabo mis proyectos, aunque modificando y haciendo nuevas muchas cosas. El torno fue una de las cosas que modifiqué, poniéndole un gran pedal como de bicicleta y dos engranes para cadena, todo lo cual conseguí como pude y a donde pude, hasta lograr hacer accionar yo mismo el torno y utilizarlo sin ayuda de nadie. Después conseguí unos engranes que adapté al cabezal del torno para reducir la velocidad del eje del referido cabezal y aumentar su potencia y así poder tornear los metales, para la cual improvisé un carro de torno, adaptando unas fuertes soleras de hierro en la orilla de la bancada de madera, para permitir deslizarse al carro con facilidad, firmeza y la mayor precisión, que me fue posible lograr y con lo cual ya pude lomear fierro y bronce, adaptando al carro una cremallera que abrí con segueta y acabé con lima y que me sirvió perfectamente.

También debo hacer saber que muy a principios de este siglo vino a establecer un industrial, de nombre Manuel Carrasco, cerca del pueblo de Tlalixtlipa, distante de aquí unos ocho o diez kilómetros, una ferrería para beneficiar los extensos yacimientos de mineral de hierro que hay ahí y yo conocí esta ferrería por el año de 1904 a 1905 cuando ya tenía en servicio el primer horno alto y en sus talleres de fundición vaciaban de fierro colado, todas las piezas de arados a los Ingenios de azúcar del sur del Edo. de Puebla y del de Morelos. Todo esto me sirvió de mucho, pues ahí mandé vaciar todas las piezas que yo iba necesitando y cuyos modelos fabricaba y mandaba. Ahí aprendí muchas cosas útiles, pues los hijos del Sr. Carrasco de mi misma edad, me enseñaron a hacer los moldes de arena para vaciar las piezas de bronce y tanto por estas circunstancias, como lograr hacer los primeros engranes de mi reloj, cuyos modelos yo hacía con sumo cuidado en una maquinita de pedal para calar madera, que al efecto yo mismo me había construido, siendo de inapreciable valor los servicios que me prestó esta maquinita.

También debo anotar que como no tenía un crisol de plombagina como los que tenían en la ferrería para fundir el bronce, me hice varios crisoles de barro que conseguí en una alfarería que logré que me sirvieran y aunque hubo algunos que no aguantaron ni la primera fundición, hubo otros que llegaron a aguantar hasta cuatro.

También debo decir que conocí a un anciano herrero, amigo de mi papá, que forjaba de limas viejas e inservibles, limas en las medidas que le convenía, las picaba de nuevo con un afilado cincel y luego las templaba en agua fría, utilizándoles inmediatamente, todo lo cual yo hice a mi vez por la necesidad de no tener limas adecuadas y aunque tuve algunos fracasos al principio, llegué a fabricar muy buenas limas y bien templadas que me prestaron los mas grandes servicios y por el estilo, cuanta dificultad se presentaba, yo las vencí todas, sin que me arredrara ningún fracaso, pues cuando esto llegaba a suceder, volvía a aprender con el mismo o mayor brío, pero nunca dije esto no lo puedo hacer y siempre tenia presente los sabios consejos de mi papá que me decía: solo tentar el sol es imposible, pero ten siempre presente, hijo mío, que lo que un hombre hizo, otro lo puede hacer también; si fracasa cien veces a la 101 debe salir y tu nunca digas, esto no lo puedo hacer.


Conforme iba obteniendo las ruedas de bronce que salían limpias del proceso de fundición, las limpiaba muy bien, les limaba los rayos y con mas o menos trabajos, más bien que menos, llegué a tornear de manera bastante aceptable las ruedas que iba logrando. Después la dividía cuidadosamente con un buen compás de puntas finas en el número de dientes que ya tenía calculados y con las limas especiales que, fabriqué como ya he dicho y que tenían el perfil del diente calculado, lo mas aproximado posible, iba abriendo diente por diente hasta lograr terminar todas y que rectificaba con los otras limas apropiadas, dejando así poco a poco cada rueda hasta terminar todas las del reloj.

Para lograr el perfil correcto de los dientes de los engranajes, me procuré con muchas dificultades y paciencia, engranes y piñones de máquinas diversas y como claro está que me era imposible conseguir todos los engranes con el número de dientes que yo necesitaba, escogía los que mas se aproximaban, con lo que vencí esa dificultad, aunque con la precisión que la técnica relativa exige y que llegué a aprender con el transcurso del tiempo, práctica y estudios técnicos que adquirí, por ser indispensables estos estudios y que mas adelante iré explicando la forma en que los adquirí y practiqué.

El armazón del reloj, que después supe que se llamaban platinas y que mandé fundir a la ferrería de que ya he hablado, las iba perforando para ir colocando los ejes respectivos con sus ruedas y poco a poco empezó a tomar forma la maquinaria de este reloj.

Hago saber que como estas actividades mías se iban conociendo hubo muchas criticas y opiniones que cada quien a su modo expresaba, y hasta algunos condiscípulos míos llegaron a decir que yo estaba loco, pues todos decían que era imposible que yo construyera un reloj y no obstante todo esto, mientras más se dudaba del logro de mis actividades, parece que me servía de mayor estímulo, y mas me empeñaba cada día en mi trabajo y debo aclarar que todo esto lo iba haciendo muy de mañana o por las noches, antes y después de cenar un buen rato pues en las horas hábiles del día tenia que ver el trabajo del campo que aunque lo hacían los peones que tenía mi papá, era una de mis obligaciones ver que cada quien se ocupara de lo que le correspondía y no se perdiera el tiempo. Solamente los domingos y los días festivos, utilizaba todo el día, pues esos días eran de descanso para los trabajadores.

El dueño de la ferreria, de que ya he hecho mención vino a resultar ligado de parentesco con mi papá, por aclaraciones que ellos hicieron resultando ser primo como en tercer grado de mi papá y desde luego lo reconocimos de tío y de primos nuestros a sus hijos, por lo que frecuentamos mas la ferrería y seguía mandando vaciar allí, las piezas de hierro fundido que iba necesitando y recuerdo mucho que en una ocasión que mandé ciertos modelos con un mozo, cuando éste regresó, con la atención y respeto que en ese tiempo se expresaba la servidumbre, me dijo: ¿qué piensa Ud. señor amo, que dijo don Manuelito, el de la ferrería? Pues no me imagino, le contesté y el mozo me dijo como quien no quiere decido que el tío se expresó así con él, con una risita que tenla muy peculiar: Si Albertito hace el reloj, ¡me lo como! Por supuesto, me dijo el mozo, esto no se lo vaya usted a platicar a don Manuelito, pero yo conservé todo el tiempo la opinión de mi tío, reservándome la satisfacción de invitarlo a la inauguración del reloj, como ya lo tenía proyectado, como efectivamente lo hice el día 15 de agosto de 1912 en que tuvo verificativo en la finca de Coyotepec que desde ese día y durante mucho tiempo, ostentó un torreón con su reloj y carátula de un metro, una sonora campana que me obsequió el mayor de mis hermanos y para sonar los cuartos, utilicé dos pedazos de riel que conseguí y que sonaban muy bien los cuartos.

La maquinaria de este reloj, la terminé desde los principios del año de 1912 y como a principios de año aún vivía mi papá, recuerdo mucho que ayudado de su bastón, subía al tapanco del rancho, donde en un armazón adecuado puse a funcionar la maquinaria del reloj que con tanto trabajo había construido casi tres años; ahí se sentaba mi anciano padre a estar observando atentamente el funcionamiento de mi reloj, llamándole poderosamente la atención que lo hubiese logrado.

Este reloj funcionó en el torreón que para él construí en el rancho, durante más de dos años en que hubo la necesidad de quitado, por las épocas turbulentas de la revolución, por razón de las malas interpretaciones que algunos grupos armados de procedencia lejana, daban al hecho de visitar una finca que ostentaba un reloj público y nos obligó a quitarlo del servicio y por una infinidad de causas que se vinieron sucediendo, nunca se volvió a poner en servicio este reloj, pero si, lo conservo como una reliquia y espero que mis hijos y en la Fábrica que actualmente produce un reloj a cada semana y hay veces que mas, lo seguirán conservando.


Reanudando mi relato de lo que a continuación de la inauguración de mi primer reloj en el rancho de mis queridos padres, se vino desarrollando, ya tuve oportunidad de conocer la maquinaria del reloj francés que presta servicio en Zacatlán en la torre del reloj del Convento de San Francisco y esto me sirvió de orientación para observar su bien construido mecanismo y desde fuego me puse a diseñar un nuevo reloj, ya mejor proporcionado, tratando de imitar este reloj francés, su perfecto acabado y su precisión, pues ya he dicho anteriormente que todos y cada uno de los modelos que llegué a fabricar, nunca fueron imitación de los extranjeros, sino netamente modelos originales míos, tanto en la forma de su platinas, como en la de las piezas de los mecanismos de sonería y aún mas llegué a modificar ventajosamente varios sistemas de ruedas de escape. Pues bien, en estas condiciones, un tío mío, hacendado por el rumbo de Tulancingo, se interesó en que le construyera un reloj para su finca. Pues manos a la obra, habiendo logrado tan buen trabajo en su acabado y funcionamiento, como ni yo mismo imaginé poder lograr.

Cuando estaba para terminar este reloj, desgraciadamente murió mi tío a consecuencia de desagradables sorpresas que le causaron los revolucionados de paso por su hacienda, por cuyo motivo me quedé con la maquinaria de este reloj, para construir el cual ya diseñé unas platinas bien proporcionadas que monté sobre un fuerte chasis de hierro ángulos muy fuertes y las primeras ruedas ya fueron de un diámetro no menos de 30 cms. y de bronce de primera clase que mandé fundir a la ferrería y tornear en tornos de sus talleres, pues a mí aún me era imposible tornear ruedas de ese tamaño en el torno que me había construido y también mandé tornear los ejes que se requirieron, pues tampoco me era posible hacerlo yo en mi torno. Lo que si hice, fue abrir los dientes a las ruedas de bronce, pero ya no con firmas, sino con unas herramientas circulares de acero con el perfil de los dientes correspondientes y las que entonces picaba con cincel como lo hacia con las limas, logrando así una especie de lima circular como de cinco cms. de diámetro y de éstas, conservo 23 piezas, unas mas chicas y otras un poco mas grandes, hasta de siete cms., habiendo mejorado mucho las últimas. Estas herramientas que desde entonces averigüé que se llaman fresas, las tenemos ahora en los talleres en todos los perfiles y de procedencia extranjera.

A esta clase de cortadores, le hacia un agujero de medía pulgada en el centro, para sujetarlos en un eje entre dos cuerdas, con fin de ajustarlos exactamente en el lugar preciso, ya fuese a la izquierda o a la derecha , teniendo el eje en sus extremos, chumaceras de bronce ajustables para subir y bajar con fin de precisar el lugar exacto correspondiente al diámetro de la pieza a que se le abrirían los dientes y en un extremo, un volante para accionar el eje a mano. Colocar ruedas y ejes para dividir y abrir los dientes necesarios, fue cosa que logré con eficiencia en un aparato que tuve que idear y construir, utilizando los mas adecuados materiales que adquiría como podía, logrando con esto, un aparato para fresar, rudimentario pero eficiente.

Pues bien, después de luchar todo el tiempo necesario en la construcción de este reloj tuve la satisfacción de terminarlo, logrando una presentación irreprochable, con todas sus piezas del frente de acero pulido y anubarradas, como las de los relojes franceses y de tal manera me esforcé en terminar pieza por pieza, que hubo quien dudo que yo hubiese hecho ese reloj y puede juzgarse lo dicho por la fotografía que acompaña esta autobiografía.

Este reloj, valiendóme de relaciones que iba adquiriendo, logré exhibirlo en México en la casa núm. 36 de la Av. Madero que en 1918, era una negociación de productos fotográficos y los Hnos. Islas, dueños de ese negocio y muy amantes del progreso, me brindaron uno de sus dos amplios aparadores, en donde estuvo cerca de un mes, pero no logró venderse, no obstante que salió un artículo con una fotografía mía y de mí reloj, en "Revista de Revistas" que dirigía don Rafael Alducin.

En esa época, un amigo mío, el señor Manuel Pimental, nativo de aquí de Zacatlán, pero residente en Chignahuapan, distante de aquí, unos 16 kilómetros, por diversos motivos, se propuso ayudarme y logró interesar al H. Ayuntamiento de ese lugar para que comprase mi reloj por no tenerlo la población y se me dijo que lo trajera de México para que lo vieran, lo que hice inmediatamente, habiendo tenido la suerte de que les pareció y a los pocos días recibí un oficio en que se me comunicaba que aceptaban comprarme el reloj en la cantidad de $2,500.00, pues yo habla pedido $500.00 más y que podía pasar desde luego, si me convenía para hacerme cargo del lugar donde debía instalado, lo que hice a la brevedad posible, habiendo tenido verificativo la inauguración el día 19 de junio de 1919, donde hasta esta fecha, sigue funcionando.

Ya podrá imaginarse la satisfacción que tuve al haber logrado vender este reloj y con el dinero que obtuve de esta operación, ya me hice buenas y adecuadas herramientas para continuar construyendo relojes, que no dejaba de pensar como mejorarlos, así como perfeccionar su manufactura. Me hice del primer tomo paralelo de procedencia norteamericana que ya me permitía tornear con fácilidad, eficacia y precisión, los ejes de los futuros relojes, así como sus ruedas en el máximo que pudiera lograr y mientras tanto seguiría mandando tornear a la ferrería las ruedas grandes. Estuve a México comprando mis herramientas y me interesé por adquirir los mejores libros de relojería, pero encontré muy poco o casi nada al respecto, pues todos los libros se referían a relojes de bolsillo o de pared cuando mas y muy poco a relojes públicos, pero tuve la suerte de haber encontrado un tratado completo de relojería monumental, sumamente ilustrado, pero impreso en francés, el cual, no obstante esto, adquirí sin vacilación, así como un método para aprender francés, el que en poco tiempo, con mi buen deseo de aprender logré dominar en la parte técnica, interesándome de esta lengua, no hablado, sino traducirlo, lo que llegué a lograr y ese tratado de relojería monumental, con toda la historia de la misma y con todas las descripciones de cuanto mecanismo es conocido en relojería, instalaciones, etc, etc., fue mi mejor maestro y si a esto se agrega los estudios matemáticos que hice para basar mis cálculos con firmeza y precisión, me resta solo decir que estudiando y trabajando, avancé cada día mas, pues logré vender un segundo reloj en la Villa de Libres de este Estado, que se inauguró el 27 de septiembre de 1921, para celebrar el primer centenario de la consumación de la Independencia en dicha villa y de ahí por insinuación del señor Cura que me compró este reloj en $ 3,000.00 nació el nombre de CENTENARIO que ahora distingue a esta Fábrica.


De ahí en adelante seguí vendiendo temporalmente otros relojes. Siguió otro para el Convento de San Francisco en Atlixco; luego otro para el Palacio de Gobierno de Tlaxcala; en seguida otro para el edificio histórico "El Rollo" en Tepeaca y para un poblado cercano que se llama Santo Tomás Hueyotlipan, otro mas, igual al de Tepeaca; después a Tianguismanalco, cerca de Atlixco y así sucesivamente ya nunca faltaron órdenes de trabajo. Con el transcurso del tiempo llegué a perfeccionar una diversidad de modelos originales, con adaptación de un carillón, que es el mecanismo que extra del reloj, pero en conexión íntima con él, le permite tocar en campanas tubulares y con adaptación de un amplificador electrónico, diversas melodías como el Himno Guadalupano, el Ave María, diversos himnos religiosos y el himno nacional, así como el repique WESTMINSTER y otras diversas melodías que los clientes solicitan. Ostentan estos grandes relojes la Iglesia Catedral de Apizaco, Tlax., la de Santiago Tulantepec, Hgo., la de Huejotzingo, la de Tecamachalco y otras muchas.

Cuando llegó el año de 1923, el 26 de julio me casé con una nieta del dueño de la Ferrería, habiendo tenido verificativo la ceremonia en la Iglesia del pintoresco pueblo de Tlalixtlipa, con asistencia de todos los familiares míos, de mi esposa y con multitud de personas de nuestras amistades.

De regreso de mi viaje de bodas, continué con mayor empeño en mis actividades industriales, sin desatender todo lo relativo al rancho, donde seguí viviendo con mi esposa de 1923 a 1929 en que ya había construido un amplio taller y una casa habitación en terreno que compré a uno de mis hermanos mayores, habiendo ubicado este taller como a 200 metros de la casa del rancho grande, donde quedó viviendo mi querida madre con mis dos hermanas y la servidumbre, donde diariamente las visitaba y a poco tiempo se vino a vivir con ellas, mi hermano Federico y ya con esto estaba mas tranquilo.

Durante el tiempo que viví al lado de mi madre en el rancho de Coyotepec, nació el primero de mis hijos en 1924, una niña en 1926 y otra en 1928, por lo que en agosto de 1929 en que ya viví con mi esposa y nuestros hijitos en nuestra nueva casa, me dediqué con mas empeño a la fabricación de relojes, pues el nuevo taller tenia unos 15 metros de largo por 5 de ancho y ya para esas épocas, tenia a más del gran torno paralelo alemán de gran potencia y precisión y otras máquinas y buen motor de gasolina de 6 caballos, un buen ayudante mecánico electricista y varios aprendices.

No desatendí los trabajos del campo en los terrenos que había comprado, estableciendo grandes huertas de frutales que llegaban a mas de mil, cultivando además en los terrenos, maíz, frijol, trigo y todo lo que se podía lograr, además de tener algunas vacas para ordeña, gallinas y puercos de engorda.

En el taller, continuamos construyendo relojes para diversas poblaciones donde los había contratado y después de ir a instalados, regresaba para continuar en la misma forma.

Con mi esposa y los hijitos que teníamos, viví al llegar a la casita que construí anexa al nuevo taller, mientras construía una casa grande de dos pisos, muy bien hecha y con todas su comodidades que llamé desde entonces "Quinta María" como homenaje a mi esposa de nombre María. Esta residencia que terminé en breve tiempo, rodeada de un hermoso jardín, me permitió vivir con mi familia demasiado feliz y ahí nacieron otros muchos hijos nuestros que junto con los que nacieron en Zacatlán de 1940 en adelante, fueron 12 entre hombres y mujeres, de los que solo uno tuvimos la desgracia de perder por el año de 1935, cuando llegaba a los dos años.

Llegué a comprar una vieja casa en Zacatlán, donde me trasladé a vivir por el año de 1940 para lograr la mejor educación de los hijos. Reconstruí la casa vieja por estar muy deteriorada y tuve que trasladar todo el taller a la ciudad y en esa vieja casa instalamos toda la maquinaria para seguir trabajando inmediatamente con los obreros que ya tenia y otros nuevos.

En el año de 1943 el día de agosto, tuve la gran desgracia de perder a mi querida madre de 82 años, meses y 5 días, lo que me causó profundo dolor y largo tiempo hubo que transcurrir para resignarme a esta desgracia.

Llegué a ampliar mis talleres y volví a mi Quinta María al cabo de algunos años, cuando ya mis primeros hijos habían crecido y construí más grandes talleres, puse hornos de fundición para el hierro y para el vaciado de grandes campanas de bronce que nos salían de muy buena calidad por fabricar el bronce especifico con ligas adecuadas y se aumenté el número de obreros; logré que nos llevaran la corriente eléctrica y alumbrado en general.

Mi hijo el mayor que se dedicó desde joven a aprender y manejar las máquinas y toda clase de herramientas, llegó a ser ingeniero y ahora es director de los talleres que hubo que volver a trasladar a Zacatlán, por haberse quemado el transformador de la Quinta. Mis otros hijos, conforme iban creciendo, también se aficionaron al trabajo en el taller, aún desde que concurrían a la escuela y cuando terminaron su instrucción primaria y secundaria, ya se dedicaron de lleno a todo lo concerniente al taller y poco a poco fueron adquiriendo práctica y con mi supervisión y enseñanzas, llegaron a construir por si solos, relojes y ahora son expertos como el quien mas.

A mis dos hijos mas chicos, José Luis y Carlos Alberto, les mandé a estudiar en el Politécnico, de donde salieron graduados ya de ingenieros. José Luis como ingeniero químico y Carlos Alberto como ingeniero civil y de arquitectura. Ahora están en esta Fábrica, aprovechando lo que aprendieron en beneficio de la industria, de los obreros y para satisfacción mía y de mi esposa.

Actualmente la Fábrica de Relojes para edificios CENTENARIO ocupa un lugar cada día mas importante, dentro de las industrias que enaltecen al País y honran a nuestra Patria.Agosto 7 de 1975.

Tomado de la revista PUEBLA MAGICA Año II, diciembre 1992, enero de 1993, número 14